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Enloquecido

05/03/2018 07:45 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Un hombre enloquece en un viaje en barco y espanta a todos los navegantes

Enloquecido

La mañana del trece de junio de mil ochocientos ochenta y uno el vapor estadounidense Eustace, propiedad del señor J. Gutte,   navegaba de Cabo San Lucas a Mazatlán bajo las órdenes del capitán Hornsby.  Para esas horas se calcula que el barco había cubierto la mitad de esta ruta, y uno de los cocineros, de ascendencia china u oriental, comenzó a mostrar signos evidentes de que perdía la razón. Sumamente nervioso decía en voz alta que alguien quería matarlo. El capitán del barco viendo que el hombre no se comportaba violento  no le dio importancia.  Sin que sucediera nada extraño,   para las dos de la tarde el chino había preparado la comida y había ayudado en otros deberes propios del barco. A las siete de la noche el capitán y su segundo  oficial, D. C. McIsaac,   se encontraban conversando en una cabina cuando vieron al oriental  bajar hacia los dormitorios, por lo que creyeron que se había retirado a dormir. Pero minutos después el hombre regresó sumamente agitado, sosteniendo un objeto contra su cuerpo y gritando “¡agárrenlo, agárrenlo!” De repente, sin que ninguno de dos hombres se diera cuenta, el oriental enloquecido clavó con fuerza aquel objeto, que resultó ser un cuchillo,   en la espalda del capitán.  Éste imploró a su oficial que le extrajera el arma, lo que éste intentó hacer a la vez que gritaba al timonel pidiendo ayuda y sentaba al herido en una silla. Una vez que McIsaac sacó el arma del cuerpo de su superior lo sentó en una silla. Luego, en dos ocasiones éste intentó decir algo pero la muerte no se lo permitió.

El timonel vio al hombre enloquecido correr en la cabina hacia un lugar donde guardaban las hachas,   tomar una y con ella quebrar romper las luces interiores.  Sólo hasta entonces el tercer hombre dio la voz de alarma. Al escuchar el llamado toda la tripulación corrió hacia el lugar donde yacía el cuerpo del capitán. De inmediato sacaron el cuerpo a cubierta y lo cubrieron. Mientras tanto el asesino se había encerrado en una cabina, en la cual se guardaban todas las armas del barco. Repuestos de la sorpresa, todos los hombres fueron a la cabina en la que se encontraba el chino, abrieron la puerta y lo conminaron a salir, pero el hombre se rehusó.  Desde la puerta el enloquecido les advirtió que si era molestado por el segundo oficial lo mataría  y prendería fuego al Eustace.  Sabiendo que el barco transportaba dos mil barriles de pólvora, los hombres se sintieron aterrorizados y decidieron bajar una lancha y abandonar el navío.  Entonces el segundo oficial los persuadió de hacerlo.

Ya eran las once de la noche y el chino seguía atrincherado en la misma cabina y los tripulantes permanecían en la puerta con barras de acero en sus manos. Esa noche, mientras el barco continuaba navegando hacia el puerto sinaloense,   el chino se concretó a  encender una lámpara y esperar la luz del día.  Pero por precaución y para contentar un poco a los demás tripulantes el segundo oficial ordenó a los hombres avituallaran la más grande de las lanchas y la preparasen para bajarla rápidamente en caso de ser necesario.

A las once de la mañana del día siguiente el asesino llamó al timonel y en un acto de bondad le preguntó si necesitaban provisiones, las cuales se encontraban en la misma cabina, y le prometió dárselas. El hombre del timón llamó a quien para ese entonces fungía como capitán y le pasó el aviso. Como respuesta éste pidió al chino que saliera de su trinchera, a lo que obtuvo un no como respuesta.  Entonces el nuevo capitán respondió al enloquecido que no era necesario debido a  que los hombres ya habían tomado su desayuno.

Ya eran las dos de la tarde y nadie intentaba sacar a aquel hombre de la cabina. Pero a esa hora sucedió lo que todos temían. El chino inició un fuego y al percatarse de ello el timonel  dio la voz de alarma. Pero el segundo oficial ya se había percatado del incipiente incendio y había ordenado bajar la lancha. Aterrorizados al adivinar lo que sobrevendría los hombres procedieron a bajarla sin dilación alguna. Pero para infortunio de los tripulantes cuando la lancha tocó el agua comenzó a llenarse de ésta y en unos minutos se hundió en el mar.  Sin perder un segundo los hombres subieron a  Geo Ecker, de catorce años de edad,   a la segunda lancha  y la bajaron.  Una vez que la canoa se posó en el mar  algunos de los hombres bajaron hasta ella deslizándose por las cuerdas de la grúa.

Cerciorado de que toda la tripulación se encontraba en el bote, el segundo oficial ordenó a sus hombres remar rápida y fuertemente para alejarse del Eustace.  Sólo el incendiario fue dejado a bordo del barco.  Sólo pasaron veinte minutos antes de que se escuchara una violenta explosión la cual causó que partes del barco salieran volando hechas añicos. Segundos después se escuchó una segunda explosión igual de potente.  Pero por fortuna el pequeño bote se encontraba ya bastante lejos del buque y no sufrió daño alguno.

Minutos más tarde lo poco que quedaba del Eustace comenzó a hundirse en las aguas del Golfo de California a la vez que el bote navegaba hacia la costa sinaloense propulsado por remos. Los sobrevivientes sabían que no estaban lejos de tierra firme por lo que el resto del día y toda esa noche continuaron remando sin detenerse. A las diez de la mañana del día siguiente, quince, la lancha tocó tierra a unos ochenta kilómetros al norte de Mazatlán. De ahí los hombres continuaron remando muy cerca de la playa hasta llegar a este puerto y dieron aviso a las autoridades sobre lo ocurrido.[1]

[1]The Daily Record Union.  San Francisco. 27 de junio de 1881.


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Autor:
Antonio Lerma Garay (100 noticias)
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