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Guatemala no quieren mártires, quiere justicia

27/08/2009 03:27 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Álvaro René Sosa Ramos, ex secretario adjunto de la Central Nacional de Trabajadores de Guatemala (CNT), uno de los pocos que lograron sobrevivir a un secuestro, por lo que se convirtió en uno de los pocos testigos de lo sucedido a otros dirigentes sindicales y estudiantiles

Guatemala no quieren mártirez, quiere justicia

Armando Ramírez

"Eran las 11 horas del 11 de marzo de 1984, caminaba por las inmediaciones de los campos del Hospital Roosevelt, en la zona 11 de ciudad Guatemala, cuando un grupo de hombres que se transportaban en una panel blanca y dos vehículos más, de entre quienes luego reconocería a un oficial del ejército guatemalteco, protagonista de múltiples secuestros de dirigentes sindicales, estudiantiles y populares guatemaltecos, me interceptaron y secuestraron".

Lo anterior es recordado por Álvaro René Sosa Ramos, ex secretario de organización del sindicato de trabajadores de la distribuidora en Guatemala de Productos Diana, de El Salvador, y ex secretario adjunto de la Central Nacional de Trabajadores de Guatemala (CNT), uno de los pocos que lograron sobrevivir a un secuestro, por lo que se convirtió en uno de los pocos testigos de lo sucedido a otros dirigentes sindicales y estudiantiles.

Sus secuestradores, dice Álvaro, eran unos doce o quince hombres y estaban fuertemente armados, los tres vehículos en los que se transportaban tenían vidrios polarizados, eran un automóvil azul, marca Volvo, y otro color beige, como microbús, Mitsubichi, y la panel blanca a la cual lo introdujeron, lo amarraron de pies y manos y le colocaron una capucha negra que le tapó por completo la cabeza.

Tras de ser introducido a la panel, aquellos hombres con ropa de civil inmediatamente reportaron por radio: "Llevamos al enfermo a la clínica". El recorrido por la ciudad tardó aproximadamente unos 20 minutos, y luego de pasar un portón que rechinaba, Álvaro fue conducido a lo que desde el interior parecía ser una casa normal, con las ventanas selladas con madera por dentro.

Los gritos que escuchó lo hicieron pensar que en los cuartos aledaños habían otros secuestrados, lo que efectivamente comprobó después de que le quitaron la capucha, porque una hora llegaron con otro secuestrado, se trataba de un joven que parecía ser más bien un adolecente, lo llevaron amarrado y vendado.

Sus captores le exigieron que les dijera todo lo que sabía, porque de lo contrario le iría peor.

El caso de Álvaro Sosa Ramos es investigado por la Fiscalía de Casos Especiales y Violaciones a los Derechos Humanos de Guatemala, ante la cual rindió testimonio el pasado 23 de mayo de 2007, sin que hasta ahora se conozcan avances de las indagaciones.

A sus 58 años de edad, el técnico en refrigeración recuerda también cómo después le pusieron enfrente al ex secretario del sindicato de la fábrica Adams, Amacio Villatoro, secuestrado desde el 31 de enero de 1984, según se denunció a la prensa días después, sin que se volviera a saber de su paradero.

Después empezaron las patadas y los latigazos, quemadas con cigarro y choques eléctricos en todo el cuerpo, hasta ser colgado de pies con la cabeza hacia abajo para que fuera más severa la tortura, pues estaba enganchado con una especie de garrocha.

Le exigían a Álvaro que aceptara ser parte de la guerrilla guatemalteca y que entregara a quienes conociera sólo por ser integrante de algún sindicato u organización política. El asesinato y secuestro de varios dirigentes sindicales los había obligado a hacer labor sindical en forma clandestina.

Luego, soltaron el lazo del cual colgaba de los pies de una sola vez, y como tenía garrucha de un solo golpe cayó al suelo, donde quedó desfallecido.

Al siguiente día, 12 de marzo, recién había amanecido Álvaro fue despertado de una patada en el abdomen, lo habían mantenido sin tomar líquido alguno, a pesar de que toda la noche había tenido fiebre y pesadillas, lo que provocó que diera de gritos, motivo por el cual uno de sus guardianes le dio un patada para silenciarlo.

En un intento para que sus gritos no fueran a escucharse afuera, Álvaro fue amordazado con un poncho en la boca.

Entre las cuatro y cinco de la madrugada, se escuchó afuera el toque de corneta con el que despiertan a los soldados en los cuarteles, lo que hizo suponer al secuestrado que se encontraba en instalaciones militares de ciudad Guatemala.

Más tarde, Álvaro urdió un plan para provocar su muerte y terminar con aquel suplicio, les dijo a sus captores que el martes 13 debía encontrarse con un compañero a la una de la tarde en la zona 9. Lo único en que pensaba era en terminar de una vez por todas con aquella tortura o, de plano, encontrar la salvación con su muerte.

El plan consistía en que lo llevaran a la zona 9, específicamente en la Calle 12, entre las avenidas Reforma y Séptima, justo donde se encontraba la embajada de Bélgica, para intentar introducirse a esa sede diplomática.

Los captores creyeron su relato, ni siquiera se percataron que la dirección que les había proporcionado era la embajada de aquel país europeo, que por cierto, no tenía convenio de asilo político con Guatemala.

El martes 13 de marzo, antes de sacarlo, como a las 9 de la mañana todavía salieron a secuestrar a Silvio Matricardi Salam, dirigente magisterial, a quien encerraron en aquel lóbrego sitio y empezaron a torturar; después los pusieron frente a frente para que dijeran si se conocían, ambos respondieron que no, que jamás se habían visto.

En las inmediaciones de la Escuela Federal de la zona 12 de la capital guatemalteca a Álvaro le quitaron la capucha, no sin antes advertirle que lo hacían con la condición de que señalara a quienes conociera durante el trayecto, él simplemente les dijo que estaba bien.

Luego de 30 minutos de recorrido, uno de los secuestradores le dijo a su jefe que antes de llevarlo a la zona 9 tenían que ir a capturar a las doce a un campesino en la zona 12, y que aún faltaba media hora para llegar a la cita.

Sosa Ramos fue testigo de cómo en la 20 calle y Octava Avenida, sus captores secuestraron a un joven de aspecto campesino y lo introdujeron a la panel blanca donde lo llevaban a él. Fueron apoyados por los mismo vehículos en los que días antes había sido secuestrado.

Después, el convoy se dirigió a la zona 9, en la Octava Calle, a un costado del Parque de la Industria, donde se encontraba un registro de la Policía Nacional, lo cual le hizo pensar que se descubriría su secuestro. Cuando les marcaron el alto, quien iba al mando mostró una credencial, tras de lo cual, los policías hicieron el saludo militar y les permitieron seguir adelante.

Al llegar a la Calle 12, donde supuestamente iba a encontrarse con un compañero, les hizo dar una primera vuelta de reconocimiento, quería cerciorarse de cómo estaba el tráfico y qué posibilidades había de entrar a la embajada de Bélgica.

Por la rapidez con la que se desplazaron, Álvaro no pudo distinguir bien el movimiento en torno a la sede diplomática, por lo que pidió que dieran otra vuelta, con el pretexto de que al parecer la persona a quien iba a señalar se había retrasado; sus captores accedieron de mala gana y hasta lo insultaron.

Le advirtieron que sería la última vez y que si mentía sería hombre muerto, lo cual lo hizo pensar que ese habría de ser su final.

Al dar la segunda vuelta se le ocurrió decir a sus captores que allí iban sus contactos, justo cuando pasaban varios niños y jovencitas, y al parecer era tanto su afán por capturar o secuestrar que no repararon en ello, de la panel Blanca bajaron inmediatamente dos individuos, del Mitshubishi descendieron otros tres y del Volvo tres más para rodear a las jovencitas, quienes empezaron a gritar de miedo, lo que llamó la atención de la gente que caminaba por el lugar, lo que los destanteó.

El hoy testigo de la participación de militares en los secuestros de dirigentes sindicales y estudiantiles aprovechó para un primer intento de fuga, pero fue retenido por uno de sus secuestradores que lo sujetó del brazo, lo empujó hacia atrás y le dijo: "¡Te quieres fugar!", a lo que Álvaro respondió que sólo quería ir a ver qué pasaba.

Al caer de espalda, se dio cuenta que había una puerta corrediza en la otra parte lateral de la panel blanca, por lo que decidió levantarse y con las manos esposadas y con las puntas de los dedos bajó la manecilla y la puerta se abrió otra vez, entonces corrió hacia la embajada de Bélgica.

Los custodios del Volvo que estaban atrás no pudieron reaccionar cuando Álvaro pasó frente a ellos, lo cual le permitió sacar varios metros de ventaja y salvar la puerta de entrada al jardín, cayó de cabeza, pero se incorporó y corrió hacia la residencia, sus captores le dispararon desde afuera, lo hirieron en la pantorrilla del pie izquierdo, lo que le hizo caer de bruces, después recibió dos balazos más, uno en la clavícula y otro en el hígado.

Herido de muerte alcanzó a incorporarse y logró llegar a la puerta de la residencia diplomática, ahí pidió que no lo entregaran debido a que era dirigente sindical y estaba secuestrado.

Sus captores llegaron por otra puerta a la residencia diplomática y pidieron que lo entregaran, por lo que el embajador les dijo que si se identificaban él lo entregaría, pero al mostrarles su credencial los hombres se asustaron y corrieron.

El personal de la embajada de Bélgica le brindó los primeros auxilios y luego lo trasladaron al hospital privado Bella Aurora, mientras se solicitaba al ministro de Gobernación la seguridad necesaria para garantizar su integridad, pues algunos sobrevivientes heridos fueron sacados de los hospitales para rematarlos, como había sucedido con el único sobreviviente de la quema de la embajada de España en 1980.

Como Bélgica no tenia convenios de asilo político con Guatemala, no podía darle protección diplomática en su permanencia en el hospital, por lo que el embajador belga hizo gestiones para que fuera protegido por la embajada de Venezuela.

Debido a que su estado de salud era grave, Álvaro fue atendido primero por un médico particular, quien luego fue víctima de amenazas de muerte, para después ser operado en el hospital.

El 21 de marzo, ocho días después, Álvaro salió con destino a Canadá, donde le ofrecieron refugio político, como también lo hicieron Venezuela, Ecuador y México.

Su peregrinar lo llevó a México, donde llegó a sus manos un ejemplar de uno de los diarios guatemaltecos, El Gráfico, en el cual apareció una nota que hacía referencia al nombramiento de un capitán del ejército guatemalteco designado como responsable de la aduana de Tecún Uman.

Al ver la fotografía que acompañaba la nota, reconoció a uno de sus secuestradores; sin embargo, en 1998 decidió regresar a Guatemala y en 2007 aceptó dar testimonio como parte de la investigación de la desaparición de asesinato de varios de sus compañeros de lucha.

25 años después, a pesar de que el caso incluso fue presentado ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y forma parte del "Diario Militar" que documenta varios secuestros hechos por el ejército guatemalteco, el hecho continúa impune, y quienes planearon y ejecutaron su secuestro continúan libres.


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