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Los cien mil moros que Franco trajo de Marruecos para su cruzada contra los "sin Dios"

23/11/2015 05:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La leyenda del Alcázar como el número de voluntarios marroquíes y sus bajas han sido tan manipuladas por prensa y propaganda del régimen que es necesario aclararlas para las nuevas generaciones. También la participación de los Obispos así como la del Sultán de Marruecos y otros personajes

Fue en Melilla la ciudad donde Franco inició la sublevación, luego alzamiento nacional, de 18 de julio 1936. Fue precedido del complot  de un nutrido grupo de oficiales, para derrocar al Frente Popular, aunque el general Franco se hallaba todavía prudentemente en Canarias, previa la declaración de estado de guerra, en nombre del jefe Superior de las Fuerzas de Marruecos, que era él mismo.

El día 19, a bordo del avión “Dragon Rapide“, alquilado en Inglaterra, piloto incluido (tras cerciorarse que la sublevación se había impuesto en todo el Protectorado de Marruecos), Franco viajó a Tetuán donde aterrizó en la mañana del 19 de julio 1936 y avisó urgentemente a los sublevados de la península, para decirles, que él tomaba el mando del Ejército de Marruecos, aunque las fuerzas  marroquíes estaban ya sublevadas desde el día 12 tras las maniobras de Llano Amarillo. El general Mola lo notificó a los jefes nazis en España. El jefe del espionaje alemán Almirate Canaris se mantenía en contacto con el millonario Juan March, con cuentas en bancos de Londres, el cual junto al el ex rey Alfonson XIII, en el exilio, se encargaban de las finanzas del alzamiento. Canaris conectaba con  el general italiano Mario Roatta Mola.Y la araña de la sublevación tejía muy túpida su red..

El 25 de julio, en presencia del Mariscal Goering, Johannes Franz  Bernhardt y sus ayudantes,   recibían de  labios del Fúhrer la promesa de la ayuda total a Franco. Ya en los vapores alemanes “Usaramo”, Kamerum, “Girgenti” y “Nereida”, protegidos por el acorazado estrella de la flota, el “Deutschland” estaban siendo embarcados  6 cazas Heinkel-51 y 10 Junkers 52, una batería antiaérea de 22 mm y miles de cartuchos preparados y embalados por auxiliares nazis del ejército. Aparte de eso, los  20 primeros Junkers 52 estaban ya operativos trasladando tropas moras de Marruecos a Sevila y Cádiz. 150 pilotos de la Luftwaffe con atuendo de turistas viajaban con sus mecánicos y especialistas alemanes bien disfrazados, porque Hitler no deseaba levantar la liebre, aunque tampoco tenerla disecada. Amaba los animales, sobre todo los dos patas a poder ser rubios. Mussolini había enviado a Cerdeña 27 aviones de caza, los Sabya-Marchetti, que pronto entraron en acción en Extremadura, 5 tanques Fiat, 40 ametralladoras y abundante munición. Desde 1934, el general Emilio Barrera había firmado un pacto con el Duce quien se había comprometido a entregarle en mano  millón y medio de pesetas, 30.000 fusiles, 20.000 granadas de mano y 200 ametralladoras que se camuflarían en el equipaje de los muchos turistas que visitaban el Vaticano. Franco no estaba solo.”Dios está con nosotros”- había dicho y era verdad.

Participaron en el alzamiento al lado de  Franco cerca o más de cien mil marroquíes de entre 16 y 50 años, fueron reclutados por falangistas o monárquicos y gente de la derecha,   en las cabilas más pobres de todo el Protectorado de Marruecos, sobre todo en el norte y en los miserables poblados del Rif. Dirigía la recluta el Caíd Solimán El Jatabi, fanático activista del Alzamiento. Entre las fuerzas  del aún “Protectorado” Español había militares peninsulares, infiltrados en los tabores de regulares, mehalas armadas (policía indígena), tiradores de Ifni. Un decreto  del Jalifa, ratificado por el general Beigbeder, delegado español de Asuntos Indígenas, asignó un crédito de 3.328.838 pesetas en Melilla para crear nuevas unidades de mehalas para el Alzamiento, buenos tiradores rifeños y  mejanías al mando de los caídes que respaldaban a Franco. Era una sublevación bien organizada contra el “infiel o el ateo marxista” para liberar de una vez a España de los “sin Dios”.

Los alistamientos para esa yihad eran masivos: todos los campesinos musulmanes huían de una terrible miseria que azotaba el Protectorado y los métodos de los caídes eran  sólo expeditivos con los indecisos y bastaba con ellos unas cuantas amenazas o golpes y  para que los moros, el 90% analfabetos, firmaran, o marcaran con una “x” la hoja de enganche. En total una cuarta parte, fueron trasladados a la Península en barcos y en los primeros aviones Junkers 52.

¿Con qué autorización oficial contaba Franco para movilizar tanta gente?. Pues con la del Sultán que aunque ejercía sobre  todo una potestad teóricamente religiosa, y administrativa por acuerdo de 1926 sobre el Protectorado entre  Francia y España. El sultán ostentaba de hecho el poder para respaldar  el alzamiento. Más directamente el Jalifa representante del Sultán, Muley Hasan ben El Mehdi ben Ismail, compartía con entusiasmo la misma labor.  Las proclamas, octavillas, en árabe y español y propaganda estaban repartidos por agentes españoles y marroquíes por todo Marruecos exaltando la hermandad de ambos pueblos en aquella nueva cruzada/yihad contra los “sin dios” o ateos marxistas. La gente parecía aceptar aquella yihad con entusiasmo. Además, la propaganda estaba firmada por el Generalísimo Francisco Franco de España y S.A.I. Muley El Hasan de Marruecos. No faltaban representantes de las cofradías religiosas musulmanas que acudían a Tetuán a testimoniar al Alto Comisario su adhesión a la causa y su contribución en hombres y dinero para la nueva causa.

Los Regulares eran mercenarios españoles integrados en las mehalas y combatieron durante los tres años que duró la contienda  participando en todos los frentes de batalla. Incluso ejercían cierta autoridad dentro de las Mehalas con el consentimiento del Jalifa. Por eso, a la hora del conteo del número de  voluntarios marroquíes y al final el de bajas, es difícil el cálculo y varía mucho según los autores de la historia del Alzamiento.

Las primeras tropas marroquíes desembarcaron en la península los días 18 y 19 de julio a pedido urgente del general Queipo de Llano al mando del general Castejón pues Queipo no podía dominar él solo la situación y apagar los focos de resistencia republicanos y era mediocre como militar. La acción de legionarios y moros fue sangrienta, como por ejemplo en el barrio de San Julián donde los desembarcados, mataron a bayonetazos y tiros a todos los que les salieron al paso. Las tropas africanas llegaban a Tetúan en aviones Junkers-52 y los primeros Saboya-Marchetti, enviados por Mussolini. El bloqueo republicano por mar  del Estrecho lo rompieron pronto los bombarderos italianos. Aunque los contingentes de tropas no fueron numerosos -como dicen algunos escritores- la cifra de 10.500 voluntarios a finales de agosto 1936 y 9.000 en septiembre, es la más exacta, su contribución fue más que decisiva y se impusieron con ferocidad en Badajoz, ciudad revolucionaria de izquierda a la que asaltaron 5 banderas del Tercio, 11 de marroquíes y la aviación alemana que no permitía una resistencia militar republicana eficaz. Desde Lisboa Oliveira Salazar daba todas las autorizaciones para el uso por el ejército salvador del territorio portugués.

El balance total aproximado de unas 1.200 personas de ambos sexos es el de los muertos en la  Plaza de Toros  .Yague  colocó ametralladoras en los palcos que barrieron  el ruedo matando a casi todos . Oliveira Salazar, el amo de Portugal, no solo les impedía cualquier posible refugio en su territorio, sino que también ayudaba a matarles. Los milicianos y muchos civiles que se habían refugiado en el coro de la catedral, en su mayoría, fueron pasados a cuchillo y antes de retirarse, sus verdugos-Tercio y moros- registraban los cadáveres para requisar joyas, relojes, piezas de oro de las dentaduras, anteojos de plata, como botín. El corresponsal de la Agencia Havas lo presenció y denuncio, así como el periódico parisino “Le Temps” del 17 agosto 1936, que se mostraba escandalizado porque para asistir al espectáculo de la plaza de toros, periodistas, gente de postín y hasta eclesiásticos, habían recibido una invitación oficial de las máximas autoridades militares.

Las tres columnas de Yague continuaron su avance imparable hacia el norte, donde tenían el contacto con el general Mola, jefe del Ejército del Norte, que había decretado el estado de guerra en Navarra, desde el 29 de julio. El terror estaba ya establecido en toda Navarra, predicado y ejercido or el propio Mola (el Director) del Alzamiento. Mola en sus directrices recomendaba extremar la violencia contra los republicanos por todos los medios. Y Falange y Requeté le obedecieron con creces. Y ahora esperaba el encuentro con el general Yague con cita en Burgos.

El general Millán Astray, fundador del Tercio, sentía un afecto paternal hacia Franco, al que hizo en Marruecos jefe de una de sus banderas. Era tuerto no de una hazaña contra moros sino de un accidente de moto. Compañero de Franco en las campañas contra los moros en el Rif por los años 20, su pequeño ejército era una mesnada de aventureros, gente que se asienta en todos  los ejércitos mercenarios, tipos nacionales o extranjeros, escapados de presidio, con amplia ficha delictiva internacional, que quedaba borrada al alistarse en la Legión española. “Soy valiente y leal legionario, nada importa tu vida anterior”, no era sólo la letra de una canción. Era una realidad concebida por el propio Millán Astray, que los legionarios ejercían sobre el terreno, con una ferocidad  que mantenían intacta desde el pasado al grito de !Viva la Muerte¡ y que ayudaba a limpiar España de elementos marxistas.

Aunque lo peor es que todo había empezado en Asturias en 1934, en que fueron el Tercio y Moros y los encargados de la represión contra los mineros asturianos en huelga, bajo las ordenes del comandante Lisardo Doval, que se encontraba a su vez bajo el mando del Alto Comisario en Tetuán, de donde les sacó a los moros el ministro de la guerra Diego Hidalgo. Esas fuerzas combinadas aplicaron en Asturias, idénticos métodos de represión aplicados por Franco y Millán Astray en el Rif, con los moros traídos de Marruecos a la cabeza. Y aldeas como Villafría y el barrio de San Lázaro fueron entregadas al saqueo, con permiso de los jefes.

Franco nombró al general Yagüe jefe de todas las fuerzas de moros y tercio que tras saquearon Mérida y luego Badajoz, sin más defensa de campesinos extremeños casi desarmados que habían votado por el Frente Popular en las elecciones de 1931. El 4 de septiembre 1936 cayó Talavera de la Reina y las tres columnas volvieron a juntarse, dejando tras de sí grandes charcos de sangre. Tanto Andalucía como Extremadura quedaban en manos de la Cruzada.

El 26 de setiembre Franco tomó la decisión más discutida de la guerra, de desviar la marcha del ejército de África de su objetivo que era Madrid para dirigirla a Toledo y acudir en socorro de los sitiados del Alcazar. A eso se opusieron  los generales Asensio, Castejón, Kindelán y el propio Yague. Pero en una reunión celebrada en Salamanca, Franco se había adelantado a cualquier decisión contra su mando haciéndose nombrar generalísimo de  los generales por mayoría por los componentes de Junta de Defensa Nacional, presidida por el general Dávila, a lo que ayudó la influencia de los obispos hasta el punto que su cuartel general y residencia era el Palacio Episcopal de Salamanca, graciosa y cristianamente cedido por el obispo Pla y Deniel, quien fue quien acuñó el término de “Cruzada Nacional“, palabras obligatorias para referirse a la sublevación, porque  el propio purpurado explicaba, ”… Sí el 18 de julio hubo una sublevación pero no para perturbar sino para restablecer el orden que los marxistas han roto en nuestra amada Patria. Pero la sublevación de Franco se convirtió de inmediato en Cruzada Nacional“, a lo que el rector de la Universidad, Miguel Unamuno, detenido en su casa, en su póstumo libro de notas lo reprobó sarcásticamente, escribiendo  su último mensaje “Sí, en efecto, esta Cruzada Nacional es el nefasto contubernio de la cruz y de la espada, del pectoral y el fajín de general y del…”. La frase estaba sin terminar.

Franco había renunciado a Madrid, contra la opinión de sus generales, por hacer un gesto personal hacia los heroicos defensores del Alcázar de Toledo, asediado por los republicanos. Acertó- quizá porque estaba bien informado por las diplomacias- de que Madrid no era cuestión de un día. Madrid estaba bien defendido por milicianos, pueblo, y voluntarios  extranjeros llegados de toda Europa. Y aunque Franco los despreciaba, prefería creía que Madrid lo podía dejar para después, pero liberar el Alcázar de Toledo era una gesta nacional irrepetible y rentable.

En Toledo se volvieron a repetir-aumentadas- las atrocidades de Badajoz y de Talavera por parte del ejército de África. El 27de septiembre el general Varela entró en el Alcázar de Toledo y le salió a recibir su defensor, el general Moscardó,   cuidadosamente barbudo y cubierto de polvo. Se cuadró y en saludo escueto, espartano, militar, le dijo ”Sin novedad en el Alcázar, mi general”, aunque todavía se prohibió el acceso a su interior a  los no militares en misión. Webb Obermiller, nazi, hombre enterado que trabajaba para Hitler, vio cientos de hombres muertos, la mayoría de ellos decapitados, en las aceras de la carretera hacia el alcázar y hasta en el arroyo cercano, flotando aparecían cadáveres de milicianos semidesnudos. Y no pudo evitar una exclamación de horror. El teniente Alejandro Mateos, recién liberado del alcázar con las tropas de Moscardó quedó sin habla: la misma escena de sangre cruel que había vivido dentro del recinto, se reproducía fuera. Los Guardias de Asalto republicanos, que  guardaban el orden en las grandes ciudades antes de la guerra, habían sido sorprendidos por la sublevación y quedaron como rehenes dentro del alcázar. No habían combatido, pero fueron todos fusilados. Cualquier civil que tuviera un cardenal o una marca obscura en el hombro, señal que deja el culatazo de retroceso de un fusil, era ejecutado in situ sin interrogatorio.

En el hospital de San Juan Bautista los moros degollaron al médico de guardia por sospechoso y arrojaron granadas a los heridos en las camas, a los que se suponía rojos. Cuarenta cenetistas de los que asedaban el alcázar huyeron al saber que llegaban las fuerzas de Franco y se refugiaron en el Seminario de Toledo, con armas. Allí resistieron a los moros y Tercio casi dos meses, hasta agotar la munición y murieron en seguida a culatazos no sin prender fuego antes al edificio del seminario. Todas las mujeres del pueblo incluidas varias embarazadas, luego rehenes de Moscardó, fueron sacadas del Alcazar aunque sin atar, bien escoltadas por moros, y llevadas a las tapias del cementerio. Fue su último paseo: las fusilaron indiscriminadamente sin preguntar. Los asesinados en solo un par de días sumaban 87 sólo en el interior del alcázar. No había heridos.

Sin la ayuda de los moros y la Hitler, Franco hubiera perdido su yihad

Nada más retirados los cadáveres y limpiado el alcázar por otras presas traídas de Mérida, hizo su entrada escoltado por Guardia Mora del generalísimo, el Cárdenal Gomá, Arzobispo de Toledo y Primado de España, se instaló, ya como “en casa” y cerca de Franco y familia. Jamás protestó, ni rezó públicamente por las víctimas del Alcázar.

Se distinguió en la lucha por romper el cerco republicano al alcázar,   el comandante El Mizzian, al mando de un tabor de regulares de Ceuta, y Franco le impuso allí mismo la medalla militar individual. Pero alguno de los cronistas que  siguió los acontecimientos le achacó el haber permitido a los hombres que estaban bajo su mando, la violación indiscriminada de varias muchachitas, hijas de los republicanos, que se habían refugiado en una escuela. Se encontraron después los cadáveres de varias de ellas.

Mohamed ben Mizzian ben Hassem, siguió junto al general Yagüe la campaña hacia el norte y fue ascendido pronto a coronel y luego a  general y meses después desempeñó  tal cargo en la Capitanía General de la VIII Región Militar de Canarias. Y luego fue trasladado como Capitán General a la de Galicia. Y, como le correspondía por su  cargo, presidió en nombre del “jefe del Estado” la tradicional ofrenda anual al Apóstol Santiago. Fue el escándalo de esos días en toda Galicia y dio lugar a chistes jocosos por el hecho de que fuera un “moro” el encargado de presentar la ofrenda de España a “Santiago Matamoros” en nombre de Franco. ¿Era o no intencionado?. Para evitar situaciones bochornosas, las autoridades franquistas taparon con flores y un manto morado las partes bajas de del monumento al Apóstol en que figuran los patas de su caballo blanco que se abre paso por sobre las cabezas de los moros, vencidos y maltrechos, algunos con la cabeza cortada. Y el Apóstol, con su fulgurante espada, queda convertido en el terror de  los moros.

Terminada la guerra civil, El Mizzian pidió la baja en el ejército español y fue nombrado Ministro de la Defensa del sultán Mohamed V y luego del rey Hassan II de Marruecos. Más tarde, fue embajador de Marruecos en España, inspector general del ejército marroquí, Mariscal y Consejero real. De eso de que Franco era desagradecido para los marroquíes, nada. Por lo menos no lo fue con El Mizzian, aunque el regalo que le dieron estaba envenenado.

La leyenda del Alcázar se convirtió para el franquismo en el símbolo más emotivo de la Cruzada fraterna de Dios y el Islam. Pronto trascendieron cosas que no gustaban tanto a Franco como el relato de la imposibles mediaciones de la Cruz Roja Internacional para evacuar a mujeres y niños que se hallaban en el interior del Alcázar, bajo bandera blanca. La epopeya heroica del sitio del Alcázar dejó un recuerdo terrible en la gente enterada.

Tampoco los vencedores salieron bien librados, de la cruzada. A los 20.000 moros (número oficial), que murieron en combate hay que sumarles los que fallecieron de enfermedades generalmente venéreas, y los mutilados. Cuando terminó la guerra, los que quedaban vivos Franco  los licenció y repatrió sin indemnizaciones. Las numerosas bajas marroquíes en relación con el ejército de Franco se explican porque los jefes de Falange, Requeté, Monárquicos, etc… preferían mandar por delante a los moros o al Tercio, para abrir camino con derechos a la hora del botín, que hizo  ricos a los jefes, incluida la familia del Generalísimo...

Una película documental rescata la peculiar cruzada. Se titula "Los perdedores" y fue dirigida por Driss Deiback, melillense y arranca en sucesos de los años treinta y, a través del testimonio de los supervivientes y del análisis de especialistas como Juan Goytisolo, María Rosa de Madariaga o José María Ridao, los vinculan con el conflicto que enfrenta hoy la cultura musulmana con civilizaciones y el mundo democrático.

Y en 1936 la cruzada contra el ateismo marxista o los “Sin Dios“, el mal, inspiró en el campo franquista a muchos escritores famosos entonces. Hay abundante bibliografía que va desde José María Lojendio, Manuel Aznar, Joaquín Arrarás hasta el “heroico” José María Pemán plasmada en su poema “La bestia y el ángel“ o las crónicas populares del Tebib Arrumi (Victor Ruiz Albéniz), que un agente activo de la fraternidad de cristianos y musulmanes, en la línea del orientalista arabista, el sacerdote Miguel  Asín Palacios, catedrático de la Universidad de Madrid, que paralelamente a la propaganda franquista trataba de hacer compatibles la identidad nacional hispánica con la participación de los moras en la Cruzada, mal  vista por las víctimas de Franco y los antifranquistas en general. Intentaban infundir en todos los españoles la idea de que la guerra civil- moros incluidos- había sido guerra religiosa presentándola como una generosa contribución a la lucha de Franco que era la de todos los “creyentes”-cristianos y musulmanes confundidos contra los “ateos” o los “sin Dios”, o la cruz y la media luna juntos contra el infiel.

No-do, el noticiario que el régimen de Franco obligaba a proyectar en todas las salas de cine de España antes de la proyección de las películas, explicaba así el comienzo de esta historia: "Todos los musulmanes de nuestro Protectorado en Marruecos, impregnados del amor y la cultura que en ellos ha sembrado España, acuden en socorro inmediato al escuchar los clarines de la llamada de Occidente. (...) Ni levas ni botin, eso es propaganda adversa. No las hubo. Voluntarios nada más. Por mandato del corazón".

La realidad era muy distinta. Los militares facciosos reclutaron a los marroquíes a través de la red de caídes amigos que el Ejército de África (los amigos de Abd-el Krim había sido eliminados) había tejido durante los años anteriores. El reclamo era económico: una paga que rondaba las 180 pesetas al mes, con dos meses de anticipo, y cuatro kilos de azúcar, una lata de aceite y tantos panes como hijos tuviera la familia del reclutado. Empujadas por el hambre, miles de familias de Marruecos enviaron a sus hijos al matadero, que eran las fuerzas de choque de la vanguardia franquista: los moros.

Hubo toda la barbarie inconcebible: destripamientos, decapitaciones y mutilaciones de orejas, narices y testículos. Los generales aventaban su fama de salvajes. Desde la radio de Sevilla, Queipo de Llano prometía a los "milicianos castrados" que sus mujeres pronto conocerían la virilidad a manos de aquellas tropas.

Volveréis a vuestros pueblos con babuchas de oro!", les había prometido Franco. Pero cuando terminó la contienda los echó para entregarse a los yanquis y pedir para España el Plan Marshall. Los moros fueron licenciados y repatriados para borrar viejos recuerdos en nuevos tiempos. Cierto que Franco retuvo a unos pocos miles de marroquíes para luchar contra el maquis anarquista de fines de la guerras civil, pero también a ellos los despidió en los años cincuenta, una vez eliminada la amenaza guerrillera. Sólo conservó al puñado de integrantes de su Guardia Mora, que durante décadas actuaron como vistosa escolta ecuestre en torno al coche Rolls Royce (regalo de Hitler) en el que el dictador se exhibía en los actos oficiales. Y al que ya en el sesenta y pico paseó por Madrid, con el general norteamericano Eisenhower a su derecha en Rolls Royce. Los norteamericanos habían reconocido al Generalísimo a cambio de las bases en España, el wolframio y algunos minerales estratégicos.

Las medallas que el Gobierno del caudillo colgó en el pecho de los soldados marroquíes se oxidaron pronto, según Hammou el Houcine, que ahora es ciudadano español y vive en Melilla. Enumera sus ocho condecoraciones, entre las que figura la codiciada Laureada de San Fernando. "No recibo por ellas ni un céntimo", afirma. Su compañero Amar Lazar muestra a la cámara del documental el último recibo que le remitió el Ministerio de Hacienda: "Me dicen en las oficinas que todas mis medallas caducaron. Me queda sólo la de sufrimientos por la Patria. Por ella me pagan 5, 17 euros al mes". Más dramática aún es la situación de las viudas y los huérfanos de quienes murieron en la contienda.

El papel desempeñado por los soldados marroquíes (unos 126.000, según cifra no oficial) en la Guerra Civil quedó grabado al rojo en el imaginario español. Retratados como salvajes por los republicanos y llamados "moros amigos" por los franquistas, la opinión pública no ha logrado desprenderse de los viejos clichés, aun después de años de democracia. Buen ejemplo de ello son los cementerios en donde fueron enterrados sin identificación alguna aquellos soldados y que ahora ni los ayuntamientos ni el Estado reconocen como tales. En las tumbas del de Asturias han brotado árboles que ahora una empresa quiere talar para convertir el lugar en un campo de golf. El de Granada, próximo a la Alhambra, es mantenido, de forma alegal, por los musulmanes de la provincia.

Es evidente que el miedo al moro sigue arraigado en el inconsciente de España. Para explicarlo, el escritor Juan Goytisolo se remonta mucho más allá de la Guerra Civil, hasta la confrontación que durante siglos hubo entre Al Andalus y las naciones cristianas emergentes. "Se forjó una imagen terrible del moro. Ríase usted de lo que podían escribir los nazis sobre los judíos. Y la Iglesia fue la gran responsable de todo eso".

El escritor Lencero ha hecho notar la aparente contradicción que suponía haberse batido contra Franco y Millán Astray en Marruecos en las guerras de Tetuán (1859-1860), Melilla (1893-1909) y el Rif (1921- 1926), hasta  la rendición del jefe rifeño Abd-el Krim el Jatabi en 1926. E incluso para aplastar a los mineros en la huelga de Asturias en 1934 para luego ir a pelear junto a Franco en 1936.

Al cumplirse hoy los 40 años de la muerte física de Francisco Franco los de Diasporaweb han querido dedicarle este reportaje que actualiza lo que hoy aparece como primera plana en todos los periódicos del mundo. La yihad del Generalísimo queda aquí plasmada para que la gente joven se entere de lo que fue la cruzada de este general y sus aliados demás que tuvieron a dios a su lado. A ese dios cuyo nombre usó el generalísimo para aliarse con los marroquíes y poder aplacar el odio que llevó al Valle de los Caídos.

 

 

 


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