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30/05/2010

Entrevista a Nelson Jiménez, autor del libro

Por Pedro Pablo Pérez Santiesteban

Entre notas musicales, acordes de guitarras, susurros de voces y estrofas de poesías, llegué impróvido a un ensayo de un nuevo proyecto cultural que se gesta en nuestra ciudad de Miami. Pero en esta ocasión mi intención no era localizar al grupo (esto lo haré en otra oportunidad), sino era encontrarme con Nelson Jiménez, uno de sus integrantes. Y el objetivo principal de mi encuentro con él fue el de obtener una entrevista, conversar sobre su poemario El Inestar, presto a publicarse por nuestra Editorial Voces de Hoy.

¿Por qué “El Inestar”?

—Este es un libro sobre el caos existencial de un emigrante. Creo que lo que produce mayor herida no es adaptarse a una nueva realidad que no te estaba esperando, sino desarraigarse del lugar que no debió verte partir. “El Inestar” no toca el tema directamente, pero está detrás, como un fondo oscuro. Por eso comienza con una invitación a inventar el universo, cuando nada más existe, pero está la triste certeza de que habrá de ser olvidado luego. Este es mi único poemario que tuvo nombre antes de ser escrito, tuve que inventar la palabra, el neologismo expresaba lo que sentía exactamente en ese momento en el que emigraba por tercera vez, porque antes viví en Venezuela y en España, por lo que llegar a Estados Unidos significaba sacar la raíz una vez más. En la superficie, “El Inestar” es un libro de sueños irrealizados, un diálogo con la pareja que no se ha tenido, pero que existe en otra dimensión a la cual no se tiene acceso. Es también un intento de aproximación del Yo al Subconsciente, como un viaje en introspección donde el primer lector es el autor.

¿Es “EI Inestar” un poemario escrito con esa intención, o es el resultado de varios poemas de diferentes épocas de tu vida?

—Es un grito largo. Pero no una pataleta, tengo un libro donde guardo todas mis pataletas, que dicho sea de paso, no puede ser publicado. En este caso, como grito al fin, lo dejé escapar sin ponerle riendas, era inevitable. Lo que van a leer ahora es la mitad de lo que fue. El trabajo de taller posterior ha sido intenso; primero solo y en los últimos dos años, con la valiosa colaboración del poeta Alain de León. A veces leo el libro original y pienso si debí mutilarlo tanto durante casi una década. La mayoría de los poemas que lo forman se escribieron entre diciembre del 2001 y abril del 2002, pero en la medida en que lo escribía recordaba cosas que había escrito antes y que ya decían mejor lo que necesitaba decir, buscaba entonces ese momento y lo retomaba. Así se incorporaron poemas de otras etapas de mi vida, algunos de la adolescencia. Tenía la idea de que fuese un solo poema largo dividido en partes, puedo verlo así, pero técnicamente no lo es. La secuencia en este libro es importante para obtener su esencia, los poemas están encadenados utilizando el último verso como título del poema siguiente. Es cierto que si se leen aleatoriamente podrán comprenderse; pero su verdadera razón, lo que podría llevar al lector la totalidad de sus intenciones, llegará si se sigue con atención el orden sugerido.

Conversando con Nelson es muy fácil descubrir su sensibilidad. En su mirada bailan un conjunto de emociones y sensaciones que se escapan a su intención, para dejar a nuestro alcance el verdadero valor de un artista y la metáfora palpitante del poeta.

¿Qué buscas en la poesía?

—No creo que la poesía sea un medio de comunicación con mis semejantes. En ocasiones creo que ella me usa como medio de expresión. Yo busco en la poesía lo que no encuentro en la realidad, y allí está, ella tiene todo lo que se ha perdido y lo que nunca existió. No puedo decir que es un medio para hacer catarsis, porque es más que eso; alivia, es verdad, pero no es una oreja abierta que compadece. Ella, más bien, es una compañera que me abraza y me saca las tristezas para convertirlas en imágenes a las que puedo regresar cuando quiera para volver a sentirlas, desde una piel ya curada. Por tanto, si me preguntas así, tan directo, lo que busco en la poesía, debo responder: busco mi historia. La poesía es mi memoria emocional. Yo guardo todos mis poemas, aunque muestro sólo el diez porciento de lo que he escrito. Reconozco sus diferencias, la cursilería de algunos de los no mostrables, la agresividad de otros, pero los quiero a todos y en secreto, los aplaudo y los lloro.

¿Cuándo comienza Nelson Jiménez a involucrarse con la poesía y la música?

—En la infancia. Recuerdo que uno de mis primeros poemas hizo ir a mis abuelos a La Habana, preocupados por mí, y se quedaron seis meses con nosotros. Era uno de esos poemas-pataleta, porque mis padres me habían castigado y no me dejaban ver la televisión ni leer. Ya no me acuerdo por qué me castigaron, estaba en tercer grado. Toda la ira por el castigo de una tarde la descargué en un trozo de papel que convertí en carta y puse en el buzón para Holguín. Era mi primera carta, y tuvo una recompensa tan hermosa que no pude parar de escribir nunca más. Era un poema hiperbólico, dramático, tremendo. La música vino después, a los doce años, cuando comencé a tocar la guitarra. Supongo que esas hadas no vienen, ellas están en la médula del alma de quien las padece como directrices; porque te guían, quieras o no, te llevan de la mano. Lo he sentido así, son como el color de mis ojos o de mi pelo, están ahí, inevitables y eternas, adentro.

Yo elegí enseñar, eso es lo que soy: maestro

¿Qué es para ti poesía?

—Fíjate que no estoy dividido entre música y poesía. He escuchado que la música es la más universal de las artes, es un criterio muy extendido, pero no estoy de acuerdo. Para mí lo artístico parte del hecho poético, sin este no habrá arte en ninguna de sus manifestaciones. De cualquier manera el arte llega al hombre a través de sus órganos de los sentidos, de alguno de ellos o de varios simultáneamente. Esto debe producir un efecto en su esfera afectiva. La poesía existe para provocar sensaciones, sentimientos, emociones, generar ideas en el receptor. Un buen poema, como un buen cuadro, como una buena sinfonía o una película extraordinaria o una obra de teatro, tocará el alma de quien lo enfrenta como si fuese un instrumento, le hará proyectarse, le tocará alguna fibra única de su anatomía y la hará vibrar sobre una cuerda específica. La poesía para mí es la madre de todas las artes. Es el cielo donde pueden acomodarse las estrellas (las artes), sin cielo no tienen escenario ni razón, no se notan, no existen.

Siempre me ha motivado conocer en algunos artistas e intelectuales en general, como interrelacionan el arte con alguna otra profesión del campo de las ciencias, cuando sé que mi entrevistado es graduado en alguna especialidad científica, en este caso la medicina.

A pesar de tu preferencia por la poesía y la música eliges a la medicina como profesión. ¿Cuéntame sobre eso?

—Yo elegí enseñar, eso es lo que soy: maestro. Enseñar a sentirse mejor, ayudar a curar, enseñar a otros cómo ayudar a terceros. La carrera artística es un complemento más de lo que da sentido a mi vida y a lo cual he dedicado cada minuto: educar. Sean los pacientes, mis estudiantes, quienes me leen, o quienes me escuchan cantar, mis amigos; en fin, todo el que aparezca en mi camino de cualquier manera, debe saber que está en peligro de ser modificado. Esto puede parecer una gran petulancia, pero no lo es si se añade la otra parte, de igual importancia, cada uno de esos “caminantes”, compañeros de viaje, temporarios o de larga estadía, son los responsables de todo lo que sé, de mi propia modificación permanente ante sus acciones. Soy el resultado de todos mis encuentros. En realidad, eso es lo que somos todos: autores y coautores de otros seres, que vienen a transitar un pedazo de tiempo en la cercanía de calles sin retorno.

Nelson me pide permiso y se ausenta un momento para puntualizar algo con la directora del proyecto sobre el ensayo que yo interrumpí con la venia del señor. Ya de regreso, y teniendo en cuenta que me robado bastante de su tiempo, decido preguntarle precisamente sobre la creación de este proyecto cultural.

Veo que en estos momentos estás involucrado en este proyecto al cual han llamado Selva-Sombra. Cuéntanos sobre él.

—Selva Sombra, la última locura. Admito que lo veo como un abrevadero,

(Estanque, pilón o paraje del río, arroyo o manantial a propósito para dar de beber al ganado., -así define “abrevadero” la Real Academia de la Lengua Española). Viene muy bien, aunque ganado, en este caso podemos cambiarlo por bohemios o por almas sensibles. En él se fusionan la música, la poesía, y ahora, para mi sorpresa, también el humor. Confío en la calidad de soñadora empedernida de quien lo dirige: Carmenluisa Pinto. Arriesgo entonces mis sueños a sus antojos porque los deja vivir en paralelo. El proyecto es una convergencia de creadores, quienes además somos amigos entrañables. Desde que tengo diecinueve años formo parte de un dúo con mi alter-ego: Marina Ortiz. Aquí volvemos a estar juntos, pero acompañados por Carmenluisa y Alain de León, quien ha sido mi amigo en los últimos años, con quien he compuesto algunos temas y por cuyo filtro dejo pasar mis poemas. De manera que, Selva Sombra es para mí un oasis sin explicación, del que no me quiero ir. Trabajar en un grupo como este afina puntería, complementa la sed, y de vez en cuando, genera sed nueva para continuar en la búsqueda de la libertad interior. Piano, guitarras, tambores, laringes, dejándose llevar por la poesía, hacia los espacios donde se fermenta el vino de la aproximación.

Ahora solo queda aliarnos al tiempo. Primero, para que pronto podamos disfrutar de la lectura de este excelente poemario, que dicho sea de paso según me comentó su autor, lleva algunas ilustraciones del maestro Raúl Huerta, incluyendo la de la cubierta del libro. Y segundo, estar atentos a las futuras presentaciones del proyecto Selva Sombra, que en ese momento pude comprobar que es un pasaje directo al mundo fascinante de la música y la poesía, donde se proyectarán más luces que sombras en una selva que despeja su camino para purificarnos el alma.

Este es un libro sobre el caos existencial de un emigrante

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