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Jesús N. GalindoMiembro desde: 06/11/18

Jesús N. Galindo

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04/10/2019

Cientos de personas, en su mayoría jóvenes, de los más distintos puntos de nuestra Región, y de fuera de ella se dieron cita a través de las redes sociales

Tras pasar casi un mes de sequía intelectual, me dispongo a retomar el sano hábito de la escritura, a pesar de que me está constando bastante trabajo volver a la rutina habitual en la que me había instalado, y mediante la cual me obligaba a escribir un artículo a la semana.

Yo he sido uno de los miles de afectados por las inundaciones acaecidas en Los Alcázares en la madrugada del fatídico 13 de septiembre pasado, y ese hecho me ha marcado hasta tal punto que, en los días que transcurrieron a continuación, no he sido capaz de ponerme frente al ordenador para otra cosa que no fuera el trabajo diario de ocuparme en buscar soluciones para recomponer mi hábitat que, al igual que el resto de los afectados, quedó destrozado y con bastantes secuelas que, a día de hoy, aún no tengo solucionadas.

Por eso, hoy, al reanudar esta rutina, voy a dedicar mi columna a algo tan importante como extraordinario, y que fue lo más positivo (permítanme esta licencia que podría parecer un sarcasmo) que ha tenido esta catástrofe: me estoy refiriendo a la solidaridad.

La noche del siniestro fue una pesadilla que muchas familias, y otros tantos a nivel individual, sufrimos frente a la incertidumbre como elemento desestabilizador y el miedo que, en algunos casos hizo mella en aquellos que podían tener un mayor riesgo y exposición a la vulnerabilidad. Tras las primeras horas en las que la fuerza del agua nos tuvo materialmente aislados, y cuando los primeros clareos de la mañana del viernes empezaban a repuntar, más de trescientas personas ya habían tenido que abandonar sus hogares, ayudados por personal de emergencias y de distintos cuerpos de seguridad que se habían pasado toda la noche en esas labores propias de su condición pero que implican un riesgo no calculado, inclusive para ellos que ya están, por desgracia, acostumbrados a estos menesteres.

La Policía Local, los Bomberos, efectivos de Protección Civil, Guardia Civil, la Unidad Militar de Emergencias, Militares de los tres ejércitos…, efectivos de otros cuerpos (como Servicios Forestales) y tantos y tantos otros que no recuerdo y a los que les pido perdón por no citarlos, fueron los primeros en ponerse manos a la obra y tratar de paliar lo que ya era un auténtico desastre. Su prelación fue atender los casos donde la vida humana era una prioridad, desdeñando (como era natural) las innumerables peticiones de ayuda “logística” que les llegaban desde aquellos otros que demandábamos medios materiales para paliar unos efectos que, en aquellos momentos, no nos dábamos cuenta que eran incontrolables e imposibles de mitigar.

Pero la verdadera explosión de solidaridad se produjo a partir del sábado siguiente a la tragedia; día en el que los equipos de emergencia permitieron el acceso a las zonas afectadas.  Cientos de personas, en su mayoría jóvenes, de los más distintos puntos de nuestra Región, y de fuera de ella se daban cita a través de las redes sociales. Sí de esas redes sociales a las que yo he menospreciado en algunas ocasiones y a las que ahora rindo mi más absoluto respeto y mi reconocimiento por el servicio que en estos casos presta. Se les podía ver por las calles embarrizadas, equipados con sus botas de agua, escobas, capazos y todo tipo de artilugios de lo más heterogéneo, pero todos ellos con el mismo fin: prestar su ayuda allá donde se les requiriese. Una ayuda que se demandaba desde una gran mayoría de las viviendas y locales donde sus propietarios o moradores no daban abasto con las labores propias de achique de agua, barro y otras muchas incidencias que –en algunos casos- rebasaban las capacidades que los vecinos de Los Alcázares teníamos para poder afrontarlas.

A aquellas personas, algunas de ellas pertenecientes a organizaciones estructuradas, como Cáritas, Cruz Roja, y otras muchas que me es imposible recordar, se empezaron a unir una masa ingente de voluntarios anónimos, sin ningún tipo de adscripción ni vínculo estatutario, y cuyas ordenanzas no escritas las tenían grabadas en lo más profundo de sus sentimientos. Fue la riada de la solidaridad y el Ayuntamiento de Los Alcázares se colapsó atendiendo las demandas de estos anónimos personajes que acudieron a la llamada de sus conciencias, sin ningún tipo de consigna, interés o predisposición, y tan solo con el único ideal de prestar su ayuda allí donde fuera necesario.

En algunos momentos la excesiva oferta de auxilio pudo traducirse en confusión, pero fue un desconcierto muy hermoso, un desbordamiento de ilusión que venía a poner un tablacho a esa agua traicionera que horas antes había querido quebrar la apacible convivencia de todo un pueblo.

Todavía recuerdo la estampa de un grupo de esos voluntarios (ninguno de ellos rebasaba los 18 años) ayudando a una pareja de ancianos a quitar el barro acumulado en su vivienda y sacando los enseres, ya inservibles, a unas calles cuya fisonomía había desaparecido del mapa.

Esa imagen de solidaridad es con la que yo me quiero quedar. Cuando escribo estas líneas y me vienen a la memoria los recuerdos de aquellas horas, todavía se me humedece el iris y siento un nudo que tengo que controlar. Tras los primeros e interminables días que precedieron a la catástrofe, siguieron otros en los que el recuento de daños y las reparaciones de subsistencia han marcado el devenir de un pueblo que, sumido en la impotencia y el abatimiento, no ha perdido la esperanza que, según el refranero, es lo último que se debe perder.

Sirvan, pues, estas líneas como homenaje y gratitud hacia todos los cuerpos de seguridad, emergencias, voluntarios, y a todos aquellos anónimos que, sin importarles protagonismo alguno y con una clara actitud de colaboración, antepusieron el servicio a los demás como lema y propósito, definiendo su actitud como un modo de vida, que permite que todavía sigamos confiando en esta sociedad y en sus valores.

Un agradecimiento que quiero acompañar con una sana crítica hacia los responsables de algunos de estos cuerpos, tras comprobar la insuficiencia de medios técnicos y materiales con que –en ciertos casos- cuentan. Me refiero, en concreto, a los bomberos del Consorcio de la Región de Murcia, quienes estuvieron en primera línea desde el minuto uno, aunque, desgraciadamente, la escasez de medios materiales, propios para el achique de aguas y barro, en algunos casos, no hacía posible que su trabajo culminara de forma satisfactoria. Solo la excelente profesionalidad y la capacitación de estos profesionales suplieron esas carencias, con sus propios medios personales. Sustituyendo, en muchos casos, las deficiencias materiales sobrevenidas, con su buen hacer y sacrificio. Un sacrificio que (es objetivo evidenciar) no está lo suficientemente valorado, merced a la invisibilidad mediática de algunos de estos cuerpos de emergencias, frente al, también objetivo, protagonismo de algunos otros (mejor dotados y más mediáticos) que, sin desmerecer ni entrar en comparaciones, acaparan las informaciones periodísticas.

El día que vea la luz este artículo está prevista la visita de los Reyes de España a Los Alcázares. Nada que objetar a este acontecimiento, que yo hubiera propiciado para fechas anteriores. Pero, en todo caso, sirva el mismo como muestra palpable de un grito silencioso que los vecinos de este pueblo (con nuestro regidor a la cabeza, al que le deseo acierto, ya que coraje no le falta) queremos lanzar a todos los responsables políticos y administrativos en general, transmitiéndoles nuestra firme exigencia en solicitar una solución definitiva a un problema puntual y extraordinario que, al parecer, se ha convertido en una verdadera catástrofe endémica.

Ojalá no tengamos que vivir otro episodio como el que hemos padecido para comprobar que una de las virtudes del ser humano que más satisfacciones proporciona, es la Solidaridad, aunque sea en forma de riada.

  1. Querido lector, este artículo (con alguna leve actualización) lo escribí en enero de 2017, a raíz de las inundaciones padecidas, en Los Alcázares, en diciembre de 2016. Casi tres años después la vigencia de su contenido, tras la repetición de una catástrofe de estas dimensiones, hacen más patente y dolorosa la sensación de indefensión en la que nos encontramos los alcazareños, quienes hemos visto desfilar a todo tipo de autoridades y políticos con un discurso ya manido y aprendido, que en nada difiere del que escuchamos hace treinta y tres meses. Ojalá me equivoque y, en esta ocasión, se lo tomen en serio y nos traten con el respeto y la seriedad que los seres humanos nos merecemos.

Jesús Norberto Galindo // Jesusn.galindo@hotmail.com

 

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